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Lo cierto es que la mayoría de los arqueólogos están de acuerdo con estas afirmaciones.

Actualmente se tiende a considerar que los textos bíblicos fueron escritos en una fecha muy tardía (siglo VI antes de nuestra era o más tarde), posiblemente en Babilonia, recogiendo mitos “auténticos”, presentes en otras culturas (el diluvio universal, el jardín del edén), acontecimientos milagrosos y verdaderas novelizaciones de tradiciones remotas, conocidas a partir de numerosas mediaciones, todo ello escrito con el fin, en términos de Giovanni Garbini en Historia e ideología en el Israel antiguo (Bellaterra, Barcelona, 2002), «de afirmar una tesis (ideología)».

Así pues, los distintos redactores de la Biblia no pretendieron en ningún momento escribir historia, sino crear un corpus ideológico que sirviera de referente a un pueblo con grandes dificultades de cohesión. De hecho, los primeros talmudistas, como los primeros cristianos, expurgaron los textos que peor se acomodaban a sus intereses. Ello no obsta para que, a fines del siglo XX, un 55% de la población israelí crea en la historicidad de la Biblia, frente a un 14% que la rechazaba totalmente.

Toda historia nacionalista es en buena parte una historia mítica: narra un esfuerzo colectivo para crear, engrandecer o retrasar el proceso nacionalizador de un pueblo determinado. Para ello reinterpreta o selecciona los datos de la realidad histórica.

Los problemas de convertir la Biblia en historia nacional son mucho más grandes: por un lado, pensar que un Estado moderno es el sucesor de otro desaparecido hace 2.000 años (la destrucción de Jerusalén tuvo lugar en el año 70 después de nuestra era) es un verdadero despropósito que sólo resulta concebible desde una fe muy arraigada o un cálculo perverso; por otro, la Biblia no es una reelaboración nacionalista de los datos del pasado: es directamente, y en buena parte, una obra de ficción, con muy débil sustrato real, que, por mucho que pudiera confortar a espíritus religiosos, proyecta unos valores (presencia de Dios en la Tierra, idea del Pueblo Elegido, odio feroz al enemigo) que tienen poco que ver con la racionalidad.